Hoy me levanté tarde. Practicamente me tiré de la cama. Llegaba tarde. Eran las diez y media. Precisamente a la hora que tenía que estar dando mi clase de Literatura Hispanoamericana a los alumnos de primer año del traductorado de inglés del Lenguas Vivas.
Desde que me mudé a Belgrano tomo el subte hasta Pueyrredón para allí tomarme el 61 que me deja en la esquina del establecimiento. Justo cuando estaba por cruzar Pueyrredón te vi. Vos también me viste. En cosa de segundos yo miré para abajo no confiando en mi poca vista y pensando que me había confundido. Es que estabas demasiado hermoso para ser vos. Hacía mucho que no te veía. Más de un año. Vos también miraste para otro lado pero en ese momento me di cuenta que sí eras y te busqué la mirada para saludarte. Los dos sonreimos con picardía y vergüenza como si hubiéramos hecho algo malo. Yo me acerqué con la serenidad que impongo en esas situaciones en las que por dentro mi corazón parece un redoblante. Es como si lo sujetara y le dijera “quedate quieto” y al mismo tiempo te miré a la cara y te dije “¿Cómo andás, Dante?”. Vos ya habías terminado el master y el doctorado. Yo recien empezaba el master. Me dijiste que te estabas yendo al trabajo. Ese por el cual dejaste al que yo todavía sigo. Yo te comenté hacia donde iba aunque en realidad no me interesaba hablar de mí sino que me contaras de vos. Te pregunté si tu trabajo era por allí, por dónde estábamos. Me dijiste “No, yo vivo por acá”. Haciéndome la tonta y mientras miraba alrededor te dije “ah si, me parecía”. Lo sabía perfectamente. En Santa Fé y Pueyrredón. También te pregunté algo que ya sabía: “¿Dónde trabajás?” “Frente a Plaza de Mayo”. También lo sabía. Esa es otra cosa tonta que hago cuando quiero saber de alguien que me interesa: pregunto lo que ya sé. Y encima hago comentarios vacíos como “Ah, en el centro”. Un comentario totalmente sin contenido. Todo el mundo sabe que
Pero que me recuerda que la semana pasada soñé con vos. Que me abarazabas bien fuerte y que con ese abrazo me transmitías mucho cariño.
Al despedirte me dijiste “Lucy”, ese apodo que nunca me gustó pero que nunca te lo dije. Y me abrazaste tal cual el sueño con cariño. Ese abrazo tuyo me transmitó mucha protección y afecto. Le dio un toque de sol a esa mañana nublada y con llovizna y me recordó que cuando menos lo esperamos recibimos ese gesto, ese abrazo que nos saca una sonrisa.

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