viernes, 6 de noviembre de 2009

Jere

Jere

Pero si lo escribo voy a escarvar mucho en el corazón y todo ese dolor que tengo comprimido me va a doler más…

Sí, puede ser que enfrentarme con la hoja en blanco me obligue a enfrentarme a mí misma, a mis sentimientos. No me cuesta expresarlos, están sueltos por ahí. A veces desearía tenerlos más atados. Pero son muchos. Algunos son estúpidos, sin sentido, no saben de la razón. Pero lo hago ―esto de escribir― lo hago porque él sufrió más que yo y lo quiero curar. Le llenaría de curitas el corazón hasta cubrir todas sus heridas. Hasta que pase un tiempo y ya no sean curitas, ya no. Y sean carne de su carne. Y su corazón esté totalmente renovado. Y en cada latido sea feliz. Porque se lo merece. Porque hace felices a todos pero aún conserva ese dolor allí dentro. Y no me preguntes por qué lo quiero. Por qué lo quiero ayudar. Por qué lo quiero curar. Será porque también sé lo que es el dolor. El dolor es algo que no esperás y que nunca deseás que aparezca. Pero aparece o tal vez apareció y ya se fue. Es el dolor el que te hace más humano, te acerca a los demás, te agranda el corazón. Te hace saber lo que el otro necesita, cómo, cuándo, por qué.

Mi amigo se llamaba Jeremías. Los amigos le decíamos “Jere”. Jere era el más generoso de mis amigos, nos invitaba a todos a su casa, nos servía cerveza, gaseosa, empanadas, pizza, lo que tuviera. Nos llevaba a todos a bailar en su auto y después nos alcanzaba a cada uno a nuestras casas. Estaba siempre pendiente de que todos estuviéramos bien. A veces se enojaba, porque tenía su carácter, pero en general era un tipo tranquilo. Más bueno que el pan.

Cierro los ojos y se me caen las lágrimas. Y cuando lloro, los ojos se me vuelven turqueza. No puedo creer lo que estoy contando.

Desde el día que lo conocí supe que su mamá había fallecido cuando él tenía once años. No supe qué decirle. Son esos momentos en los que uno no sabe qué decir. Me hubiera encantado abrazarlo bien fuerte y no soltarlo más, pero a veces los adultos dominamos nuestros impulsos, sobre todo los afectivos, los que “quedan mal”. Como yo siempre fui muy creyente y quise y quiero mucho a Dios, un día Jere me dijo “Yo no creo en todas esas cosas que vos creés”. Y claro, Jere estaba enojado con Dios. Él no podía entender cómo había permitido que su mamá se fuera y lo dejara acá a él y a sus hermanas.

Te juro que tenía miles de respuestas para su comentario pero no me quise meter con el dolor de su corazón, con su mamá y con su propia historia. Me hubiera encantado decirle que yo a veces también me enojo con Dios porque las cosas no salen como yo quiero, pero claro, al lado de lo que a él le pasó, lo mío es insignificante. Pero también me hubiera gustado decirle que Dios siempre permite lo que es mejor para nuestras vidas, que tal vez en el momento no lo entendemos y sufrimos muchísimo pero con el tiempo nos damos cuenta que era lo mejor. También que puede haber sido para que su mamá no sufra más por su enfermedad y para que ellos no la vean sufrir. Pero que no se enoje con su mamá ni tampoco con Dios. Que ella no los dejó. Que él la iba a volver a ver. Que ella estaba en el cielo esperándolo. Y que él un día la iba a volver a ver. Que no olvide que todos tenemos una madre que nos cuida día y noche, que es la Virgen, la misma madre que tiene Dios. Pero que mientras tanto, mientras él esté acá, él tendría que vivir lo mejor posible y ser feliz de verdad. Porque eso es lo que a ella la haría feliz. Ver a su hijo feliz. Y los que son felices en la tierra son los que merecen el cielo ¿Y Dios? Dios estaría también muy feliz porque es lo que más quiere, que sus hijos sean felices. Porque nos quiere más que todas las madres del mundo quieren a sus hijos. Y nos está viendo siempre y sabe lo que nos pasa y le importa y mucho.

A los pocos días Jere desapareció. No lo vimos más. Algunos vecinos dijeron que lo vieron salir del pueblo a la madrugada rumbo a la ciudad.

Cuando me enteré lloré mucho. Es por eso que decidí escribirle esto. Para que entendiera y para que sepa todo lo que lo quise curar.

Tal vez Jere vuelva y de tenerlo aquí frente a mí, luego de pegarle todas las curitas, le cantaría canciones, lo abrazaría bien fuerte; nadaría los mares del planeta sólo para que una brisa le acariciara la cara y lo haga sonreir. Recorrería todos los caminos para cumplirle un deseo y plantaría un árbol eterno que enriede su alma y la mía para que me conozca, para que lo conozca y para hacerlo muy feliz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario